
En el texto titulado ‘La esencialidad del signo como navegación estética’ la poeta y narradora Julia Otxoa describía así el trabajo del escultor Ricardo Ugarte: “El mar como rico universo alegórico ha estado siempre presente en la obra tanto escultórica como gráfica de Ricardo Ugarte: norayes, anclas, proas. El diálogo constante con la naturaleza como conciencia de existencia en el mundo. El imaginario marítimo como trasunto trascendido del ser y el tiempo; las naves y el mar, la materia, el hierro como huella transformada en síntesis plena de significado, conformando los eslabones de una navegación estética impregnada de una profunda espiritualidad, de un sentimiento del tiempo como poética. Su concepción del arte como unidad con todas las manifestaciones del universo, rescata la dimensión romántica de las vanguardias históricas, el sentimiento del arte como actitud ante la existencia. La exploración intelectual es a la vez filosofía de vida, a través de una sintaxis minimalista rotunda en conclusiones formales en todas las disciplinas en las que trabaja, sean estas la escultura, la pintura, el grabado, la fotografía, o la literatura. Cada una de sus obras parecen acercarse cada vez más a un silenciamiento de las formas de expresión, a una búsqueda de esencialidad máxima del signo como indagación estética. Despojada de cualquier clase de retórica formal, su narración conceptual, constructiva y lírica al mismo tiempo, crea espacios para el recogimiento, para la meditación, para la lentitud como profundidad de la mirada ahondando en el ser de las cosas. Insólita esta actitud de trascendencia en medio de un siglo XXI pleno de tempestades y feria de vanidades. Finalmente, la austeridad geométrica de sus proas y la extremada delicadeza de lo sutil en la obra gráfica, definen nítidamente la arquitectura poética de sus interrogantes como motor y búsqueda de la utopía como Vía Láctea para la orientación en la cartografía del laberinto”.
Perteneciente a la Escuela Vasca de Escultura, junto con Jorge Oteiza, Eduardo Chillida, Néstor Basterretxea y Remigio Mendiburu, la creación de Ricardo Ugarte se extiende a la obra gráfica, la fotografía, la poesía visual y la literatura. Su obra escultórica y gráfica está presente entre otras, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, en Artium Museoa en Vitoria-Gasteiz, en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo de Sevilla, en San Telmo Museoa en San Sebastián, así como en múltiples espacios públicos nacionales e internacionales de Francia, Alemania, EE. UU. o Japón.
Con motivo de la Trienal de Arte de Toyama (Japón) celebrada en 1990, el crítico de arte Vicente Aguilera Cerni explicó así la intervención del escultor vasco: “La trayectoria artística de Ugarte comienza a finales de los años cincuenta y está caracterizada por la pluralidad de sus experiencias en diversos campos estéticos. En lo referente a los materiales, la utilización de vigas de hierro le es habitual -productos industriales- creando elementos modulares de rotunda austeridad y efectividad visual. No hay que olvidar su evocación poética de las alas de un pájaro en vuelo. La dirección de este autor formada en el neoconstructivismo va a expresarse a través de estructuras simples. La búsqueda de lo elemental y primario hace de él un vigoroso exponente de la experiencia minimal, donde los elementos más comunes del mundo industrializado son utilizados con radical claridad, creando objetos para la meditación, objetos destinados a convertirse en símbolos”. El historiador de arte Daniel Giralt-Miracle también liga los inicios de la escultura de Ugarte al movimiento constructivista: “La base racionalista, vinculada al constructivismo, que descubrimos en sus primeras obras, se convierte con los años en una vibración, un despliegue de formas que se identifica con títulos tan sugerentes como ‘Aleteo del espíritu’, ‘Aleteo del fuego’, ‘Cabello del viento’, ‘Inicio de aleteo’, etc. Inmediatamente después, Ugarte se dedica a la realización de unas experiencias de corte minimalista en las cuales prescinde de toda gesticulación para alcanzar lo más esencial de la forma a través de una construcción que no hace concesión alguna a la retórica. La serie que consagra a la viga, o columna de hierro construida con doble T, es un ejemplo evidente. Los criterios constructivos basados en la ortogonalidad más pura buscan la máxima desnudez formal; son unas estructuras primarias, deliberadamente reduccionistas, elevadas a la categoría de monumento, con vocación totémica y con una radical voluntad de formar parte del perfil paisajístico de nuestras ciudades. De estas vigas han salido unos castillos misteriosos, directamente vinculados a esta racionalidad austera que combina lo vacío y lo lleno, el muro y la ventana, lo de dentro y lo de fuera, en una precisa y sugerente definición de los volúmenes. Unas formas macizas, rotundas, que nos invitan a penetrar en unos espacios poéticos, ignotos, genuinamente vinculados a la tradición vasca”.
Siguiendo la estela kantiana de la comprensión del espacio como forma de nuestro conocimiento sensorial, debemos hablar de Itxas Burni (“mar y hierro” en euskera) como el espacio estético que mejor refleja y recoge el trabajo de Ugarte: se trata de un jardín de árboles y esculturas frente al mar, situado en el monte Igueldo de San Sebastián, que puede ser visitado con cita previa. El escultor, desde la sensibilidad de un esteta naturalista, transformó un erial en un paraíso de vida y arte. Convirtiendo las piedras en pájaros. Diseñando el paisaje como quien dibuja sobre un lienzo; las especies de árboles y plantas junto a las esculturas. Su relación con la tierra es la de un hermano, tejiendo senderos, concibiendo espacios para el sosiego que se comunican en un diálogo de paz y cobijo para el espíritu.
Ricardo Ugarte


