
En Irun tiene su sede uno de los pocos museos monográficos romanos de la península ibérica, Oiasso, que dispone de piezas excepcionales que rara vez se encuentran en colecciones arqueológicas. Nos referimos a objetos de cuero, madera y cuerda; calzado, peines, mobiliario y muelles portuarios; semillas de melocotón, cerezas, ciruelas o huesos de aceituna. Se han conservado gracias a los lodos de las marismas y a las condiciones anaeróbicas y de humedad en las que quedaron enterrados hace dos mil años. Comparten, además, un mismo ambiente portuario y su pertenencia a la aglomeración urbana que le da nombre: Oiasso, una polis de los vascones.
El nombre de Oiasso se conoce a través de las fuentes clásicas, ya que autores como Estrabón, Plinio o Ptolomeo nombraron en sus textos a la ciudad vascona -las excavaciones arqueológicas de las últimas décadas han permitido finalmente identificar su emplazamiento en el casco histórico de la actual Irun-. El filósofo y lingüista Koldo Mitxelena propuso que el nombre del río Bidasoa -que separa a Irun de Francia- venía del latín y significaba «Camino a Oiasso». La vía se dirigía hacia el antiguo asentamiento de Lapurdum (Bayona) desde donde podía tomarse la ruta hacia el norte, Burdeos, o hacia el este, Toulouse. En esa zona el estuario tenía unos 400 metros de anchura, con pequeñas islas que seguramente unidas por puentes permitían el paso entre una orilla y otra.
El recorrido a través de las salas del museo es un viaje en el tiempo para acercarse a la vida cotidiana de los antiguos pobladores de Oiasso, una ciudad romana cuya superficie urbana se evalúa entre 12 y 15 hectáreas. El dinamismo de este asentamiento estuvo impulsado por un activo puerto, especialmente en el período de máxima actividad que se fecha entre los años 70 y 200 de nuestra era, y las explotaciones mineras de plata, cobre y hierro de Aiako Harria.
Otras intervenciones arqueológicas han permitido identificar una necrópolis situada fuera de la población -en el interior de la ermita de Santa Elena-, un fondeadero al pie del cabo de Higuer (Hondarribia) en el que se podían resguardar las embarcaciones en caso de temporal, un puente que cruzaba el Bidasoa, y las termas o baños públicos de la ciudad. Por si esto fuera poco, en cada uno de estos lugares se han recogido colecciones de objetos sobresalientes que hablan del nivel de vida alcanzado por sus ocupantes, muy en sintonía con los ambientes urbanos de las ciudades romanas del litoral.
Nada más entrar al museo, podemos contemplar un mural que nos muestra una parte de la Tabla de Peutinger, una copia medieval de un antiguo mapa donde se representan las calzadas romanas y las poblaciones más importantes de la época imperial. El recorrido nos lleva a conocer la geografía, la etimología y también a descubrir cómo era la vida de los pobladores nativos antes de la llegada de los romanos. También se puede caminar a través de una pasarela sobre los restos arqueológicos de las termas públicas. Y en la segunda planta un audiovisual narra cómo era el día a día en el puerto de Oiasso, ayudando también a contextualizar las piezas que se encuentran en las vitrinas del museo.
Pero Oiasso es mucho más que un museo, porque ofrece la posibilidad de visitar las minas de Irugurutzeta, con sus impresionantes hornos de calcinación de mineral, así como la ermita de Santa Elena, que alberga en su interior la necrópolis de Oiasso. Organiza además diversas actividades, como exposiciones temporales, cursos especializados, conferencias, viajes… así como el FICAB, el Festival Internacional de Cine Arqueológico del Bidasoa, que tiene lugar en noviembre, y los Dies Oiassonis, el festival romano que se celebra en julio.
Museo Oiasso
Eskoleta 1, Irun.


