
Con motivo del centenario del nacimiento de Eduardo Chillida, BASQUE LUXURY entrevista a Luis Chillida, hijo del escultor y presidente de la Fundación Eduardo Chillida y Pilar Belzunce, la entidad encargada del estudio y divulgación de la obra, pensamiento y figura del artista vasco más universal.
En 2024 se cumplen 100 años del nacimiento de Eduardo Chillida. ¿Qué acciones se han programado para conmemorar esta fecha tan señalada?
El 10 de enero de 2024 es el centenario del nacimiento de nuestro padre, y desde la fundación estamos promoviendo conmemorar ese momento, que ciertamente es importante, y celebrar su vida y lo que hizo. Estamos barajando muchos proyectos, pero dentro del centenario hay tres pilares principales: la exposición de obras en diferentes museos e instituciones; dar a conocer el pensamiento del aita [padre en euskera] a través de congresos, diálogos y presentaciones; y, por último, hay una parte importante que queremos dedicar a la obra pública -obras que están a disposición de todo el mundo, tanto aquí como en Alemania, EE. UU. y otros lugares-.
Tenemos ya avanzados muchos contactos con diferentes instituciones, tanto internacionales, nacionales, como del País Vasco, en las cuales va a haber exposiciones. En algunas no será solamente su obra, sino la obra del aita con su entorno: en el museo Balenciaga se tratará la relación de Balenciaga y Chillida; también estamos hablando con Artium; en Chillida Leku tenemos la escultura ‘Lugar de Encuentros IV’ del Museo de Bellas Artes de Bilbao, etc.
Eduardo Chillida nació y vivió la mayor parte de su vida en el País Vasco. ¿Cómo era su vinculación con esta tierra?
Tras la época que pasó en París, que fueron tres años muy al principio de su carrera, volvió al País Vasco y, de alguna manera, volvió para encontrarse a sí mismo. Él siempre decía que gracias a haber estado fuera y haber vuelto, descubrió que este era su lugar, y desde entonces siempre vivió aquí y trabajó aquí, aunque su obra se movía y viajaba, pero su sitio estaba aquí. Aquí veía su luz, su color, la “luz negra” que decía él, “la luz negra del Atlántico”. Decía que nosotros tenemos una luz negra incluso los días de sol. No es esa luz mediterránea, que quizás él vio en las obras griegas del Louvre cuando estuvo en París, que tiene otra luminosidad.
A él le atrae más esta forma de ser y este lugar. Él pensaba que todos pertenecemos a un lugar. Mi padre era una persona que se sentía arraigado aquí. Como decía él “como un árbol”, tenía sus raíces aquí, pero sus ramas abiertas al mundo.
No se puede entender la obra de Eduardo Chillida sin su mujer, Pilar Belzunce. ¿Cómo trabajaba este tándem?
Ciertamente era un tándem especial porque estuvieron toda la vida juntos desde muy niños -se conocieron con 14 y 15 años-. Yo creo que entre ellos existía una forma de hacer las cosas que ya era como adquirida con el tiempo.
Mi padre era una persona a la que no le gustaba nada mezclar dos conceptos que para él no tenían nada que ver: uno era el valor -el valor del trabajo-, y el otro era el precio. A mi padre el precio de lo que costasen las cosas o lo que después valiesen era algo en lo que no quería pensar, y lógicamente eso fue algo a lo cual mi madre dedicó su vida: a que mi padre pudiese hacer las cosas. Me acuerdo que mi aita siempre nos decía que él sin nuestra madre hubiese vivido debajo de un puente, porque era una persona que no pensaba en otra cosa que no fuese su trabajo. Ella fue, como su propio nombre lo dice, ese pilar imprescindible en el que se apoyó mi padre para poder hacer las cosas.

Chillida Leku es el sueño realizado de su padre, un museo confeccionado en sí mismo como una gran obra de arte. Desde 2019 tiene el apoyo de la prestigiosa galería Hauser & Wirth, que cuenta con espacios dedicados al arte en Hong Kong, EE. UU., Reino Unido, Suiza, Mónaco y España. ¿Cómo es la relación con la galería en lo concerniente a la gestión de Chillida Leku?
Chillida Leku para mi padre era un lugar, era su lugar en el mundo. Muchas veces definía este lugar como su pequeño País Vasco: tenía sus campas, tenía su bosque, tenía el caserío, los manzanos… Posteriormente, ya cuando mi padre empezó a estar enfermo, fue cuando se abrió al público. Y después de unos problemas que tuvimos durante algunos años, para mantener ese legado vivo llegamos a este acuerdo con Hauser & Wirth. Realmente fue un momento estupendo porque no se puede tener un mejor partner para un proyecto de este tipo que la galería Hauser & Wirth y todo el personal que tienen, tanto aquí, como en Suiza, en EE. UU. y en Inglaterra. Al final es un conglomerado de gente con un expertise y una forma de hacer las cosas estupenda, con el cual trabajamos en completa sintonía.
Nosotros heredamos el pensar en Chillida Leku como un lugar, no como un museo; y ahora, a través de esta relación con Hauser & Wirth, nos hemos dado cuenta que lo que tenemos es un museo, y no solamente el lugar de su obra, y eso implica una serie de movimientos, una gestión que gracias al equipo que tiene Hauser & Wirth le está dando al museo un impulso muy importante.
Hauser & Wirth también desempeña desde 2017 la representación mundial y en exclusiva del legado de Eduardo Chillida. ¿De qué manera ha ayudado esta colaboración al posicionamiento de sus obras en el mercado del arte?
Lógicamente todo ayuda, pero si algo tuvo mi padre desde el principio, es que su obra tuvo un reconocimiento y una valoración muy constantes. Él no fue un artista con una producción enorme, sino que lo que hacía, lo hacía bien, lo pensaba, y lo repensaba.
La galería tiene una experiencia tremenda trabajando con las sucesiones de los artistas. Cuando un artista desaparece, la obra no desaparece. La obra tampoco continúa, sino que hay que mantenerla, hay que cuidarla y mimarla. A través de este expertise que tiene Hauser & Wirth con los legados, esto se está consiguiendo; esta relación es una maravilla para los dos, para ellos y para nosotros, y sobre todo para mis padres, que son los que empezaron con todo esto.

La obra de Eduardo Chillida tiene un lenguaje universal, y está presente en espacios públicos e instituciones privadas y públicas de EE. UU., Japón, Irán, Suiza, Alemania, Finlandia, Suecia, Francia y España. ¿Ha sido su trabajo suficientemente reconocido?
Sí, indudablemente. Mi padre fue mucho más conocido internacionalmente que nacionalmente durante más de la mitad de su carrera. Sus exposiciones, sus premios… todo venía de fuera. Alemania en concreto fue muy importante para él, por el peso específico que ha tenido en la obra de mi padre su relación con el pensamiento alemán, con los románticos alemanes, la poesía alemana. Él decía muchas veces que, aunque él no hablaba alemán, probablemente su obra hablase alemán.
Muchos críticos de arte, cuando hablan de mi aita, ponen en valor el respeto y la admiración que tenía del resto del colectivo de artistas. En los años 50 era común hacer de una escultura un molde, y producir una serie de 10 esculturas iguales. Esas 10 esculturas se consideraban obra única. Cuando a mi padre la galería que lo representaba en ese momento le propuso hacer series, no lo quería hacer. Finalmente, en el año 57, mi madre lo convenció, e hicieron una pequeña prueba para hacer de seis esculturas cuatro copias en bronce de cada una de ellas. En el momento en que mi padre fue al atelier de París y vio la original con las cuatro copias, le dijo a mi madre “Pili, esto parece una zapatería”, y le dijo que jamás volvería a hacerlo. “¿Me voy a copiar a mí mismo?”, decía.
Su galerista le explicó que no hacer series iba a ser malísimo para darse a conocer, porque nunca iba a tener suficiente obra. A lo que mi padre respondió: “Tú me estás diciendo que yo multiplique las obras para que la gente pueda conocer mis trabajos, para que estén en más museos y más colecciones; a mí sin embargo lo que me gustaría es multiplicar a los propietarios, no las obras”. Y ese multiplicar a los propietarios era pensar en la obra pública. En ese tiempo la escultura pública era el generalísimo en su caballo. No existía una tradición de obra contemporánea en espacios públicos, y en eso Chillida fue uno de los grandes pioneros: tiene casi 50 proyectos de obras públicas por el mundo.
¿Cuál cree que fue la gran aportación de Eduardo Chillida al País Vasco?
Mi padre no supo hablar euskera bien, aunque sabía nombrar las cosas, la etimología… Pero él decía que había conseguido -gracias a que a sus obras gráficas les había puesto los nombres en euskera- que en prácticamente todos los museos del mundo hubiese un diccionario de euskera para entender lo que quería decir ese título.
Él sin duda era una persona de aquí, de San Sebastián, y como una persona de aquí, también fue dejando aquí su impronta, con obras como ‘El Peine del Viento XV’, la obra de Santa María, la de San Vicente, la del abrazo a Rafael Balerdi que está en el Pico del Loro y, finalmente, este lugar que es Chillida Leku.
¿Qué era el lujo para Eduardo Chillida? ¿Y qué es para usted?
Para mi padre el lujo fue haber trabajado toda su vida en lo que más le gustaba; no era un hombre que pensase en otro tipo de lujos.
Y en mi caso yo creo que el mayor lujo ha sido haber coincidido con él, no solo como hijo, sino haber estado con él durante muchísimos años de mi vida, aprendiendo a respetar, a cuidar y a valorar lo que él hacía. Y trabajar en eso sin duda es un lujo.
Fotografías: 1 Iñaki Luis (Luznorte Films), 2 Gurutz Aldare, 3 Burkhard Franke.


