
El carácter vasco de Ravel es un tema complejo de abordar. Hay un hecho claro, su madre era vasca y, por tanto, el debate podría terminar ahí. Quizás os preguntéis por qué solemos usar el término “lengua materna” para referirnos a nuestra lengua principal; la principal razón está relacionada con su significado: “la lengua de nuestra madre”. En la mayoría de las ocasiones la primera voz que escuchamos al nacer es la de nuestra madre, es lo que se considera la característica más significativa de la unidad familiar tradicional. Eso es totalmente cierto en el caso de Ravel; es muy interesante señalar que hace unos años, cuando yo estaba trabajando en su magnífica ópera ‘L’enfant et les sortilèges’ con un profesor francés muy respetado, recibí el comentario de que el carácter francés de Ravel era singular, puesto que sus acentos musicales no eran los “típicos” que nos esperamos de los franceses parisinos. Esos matices ligeramente distintos tienen gran sentido y resultan evidentes cuando se escucha el francés que se habla en Iparralde. Además, en los dos álbumes que he grabado junto con Euskadiko Orkestra, hemos dividido las principales obras orquestales de Ravel de la siguiente manera: Ravel, el vasco francés; y Ravel, el vasco español. De esa manera, abarcamos el territorio que es ampliamente conocido por toda la sociedad vasca. La frontera entre España, Francia, Navarra, etc. no son más que líneas imaginarias dibujadas en un mapa que siguen siendo válidas hoy día.
Desde un punto de vista estético, siempre he creído que Ravel no encajaba con los estándares y las normas estéticas propias de esa época en Francia. Como americano que estudió en el conservatorio, me gustaría destacar que siempre que se analizaba la relevancia histórica de Ravel con respecto a la Primera Guerra Mundial me sentía confundido: su música, tal y como yo la escuchaba entonces, siempre resultaba preciosa, nunca me parecía realmente ni triste ni feliz, y siempre había algo que se me escapaba. Eso ocurrió hasta que vine a Euskadi por primera vez y conocí a su gente. Entonces entendí rápidamente que no se trataba de música de “luz y color”, sino de gran profundidad, con cierta fuerza silenciosa y reservada, y que muestra franqueza y brevedad, al igual que la sociedad vasca. De pronto su música me habló como nunca antes lo había hecho, se revelaron las silenciosas lágrimas y el poder elegante mostró todo su esplendor.
Como director musical de Euskadiko Orkestra, he tratado de reivindicar que Ravel es de los nuestros. En la historia de la música, Francia ha sido un país dominante y, con razón, no les supuso un gran reto asumir a Ravel como propio; es verdad que era francés pero, y al igual que quien vive en San Juan de Luz sabe, también era vasco, por lo que resulta justo reclamar su lado vasco.
En lo referente a la manera en que el mundo ha reconocido a Ravel y a la forma en la cual se ha visto influido por este, se podría decir que es una cuestión muy difícil de precisar. Siempre ha sido considerado uno de los grandes maestros del color orquestal, razón por la cual todos los compositores estudian rigurosamente sus obras. La concisión de la mayoría de sus obras encaja de alguna manera en la era moderna de la brevedad; y creo que no hay ni un solo compositor moderno que no haya aprendido a hacer que algo breve pueda sentirse completo. Euskadiko Orkestra y yo estamos comenzando a lograr que personas de todo el mundo se refieran a Ravel como vascofrancés y no únicamente como francés, algo que considero digno de celebrar en el País Vasco.
Robert Treviño
Director titular de Euskadiko Orkestra (2016-2025)
Principal director invitado de la Orquesta Sinfónica nacional de la RAI
Fotografía: Håkan Röjder.