
Se ha reflexionado mucho sobre la idea del lujo. En un prólogo escrito hace más de veinte años defendía que una de las claves del término está en alcanzar aquello de lo que se carece. El lujo más grande no es necesariamente material: es la consecución de una necesidad básica convertida en deseo. La salud para un enfermo, la libertad para quien la ha perdido. Que se lo pregunten, si no, a quien ha sufrido la partida de un ser querido. Más allá de estas evidencias, con los años he llegado a la conclusión de que la cumbre de la excepcionalidad reside en las aspiraciones individuales. Asistir al festival de Bayreuth o a una final de la Champions, ambos fuera del alcance de la mayoría, puede ser una satisfacción o una condena, según los gustos de cada cual. Hoy los márgenes más tenues del lujo —entendido como experiencia y simplicidad— se disfrutan sin otorgarles la relevancia que merecen. Solo tomamos conciencia de su verdadero valor cuando los perdemos. Lo comprobé cuando, en un viaje, me asignaron seguridad: entendí entonces lo afortunados que somos de poder caminar de madrugada por nuestras calles. Aun así, existe una dimensión más elevada del lujo: la que se manifiesta en la expresión máxima de cualquier habilidad artística humana. Por eso un libro, una obra de arte, un reloj o una joya, una noche en un hotel extraordinario, descorchar un vino único o disfrutar de una comida memorable son capaces de conmover los cimientos de la memoria y dar forma a los grandes recuerdos. Algo que, por otro lado, puede encontrarse con naturalidad en el País Vasco. Esto lo entendió perfectamente Gastón Bachelard, quien sostuvo que la conquista de lo superfluo proporciona una excitación más grande que la conquista de lo necesario. Porque, como él mismo escribió, el hombre es creación del deseo, no de la necesidad. No hay mucho más que añadir.
Andoni Luis Aduriz
Chef
Fotografia: Alex Iturralde.