
En el año 1522, tras un proceso de reflexión y conversión espiritual, Ignacio de Loyola -que fue canonizado en 1622 por el papa Gregorio XV- realizó un peregrinaje a Manresa (Barcelona), dando inicio a una nueva vida que culminó con la creación de la Compañía de Jesús en 1540. Esta conversión demostró al propio Ignacio que “Dios puede hacer nuevas todas las cosas”, cambiando su vida para siempre. Recoge en su autobiografía que “algunas cosas que observaba en su alma y las encontraba útiles […] podrían ser útiles para otros”. Así, en Manresa, animaba al resto a cambiar, a seguirle en su nueva vida.
El Camino Ignaciano, del que este año se cumple el quinto centenario y ha sido nombrado año jubilar, es reflejo del cambio: del noble que abandona la comodidad del terciopelo por la tela de esparto, las botas por los pies descalzos, y la espada por el bastón de peregrino.
Este cambio, esta conversión, se gestó en la vieja torre de los Loyola, su casa natal, mientras reposaba su pierna herida. Las lecturas piadosas le ayudaron a conocer “al verdadero Cristo”, llegando a la conclusión de que sólo en Jesús hallaría la plenitud.
Como humanos del siglo XXI, puede sonarnos lejano, pero debemos saber que la experiencia de Ignacio pretende ser atemporal y llegar a lo más hondo. Como dijo San Juan de la Cruz, místico contemporáneo de Ignacio, esta experiencia es “llama de amor viva, que tiernamente hieres de mi alma en el más profundo centro”.
El punto de inicio de dicho viaje, la comarca de Urola Erdia, y las vecinas Urola Garaia y Debagoiena, en el interior de la provincia de Gipuzkoa, conforman actualmente un importante destino de turismo cultural y religioso bautizado bajo el nombre Tierra Ignaciana, cuya propuesta se basa en la figura de San Ignacio de Loyola y el ingente patrimonio histórico, artístico-cultural y religioso de su época, el siglo XVI, también conocido como el siglo de oro vasco. El elemento central que vertebra la Tierra Ignaciana es la Ruta de los Tres Templos, un itinerario de 45 km que une el Santuario de Loyola con la Ermita de la Antigua, y ésta con el Santuario de Aránzazu. Este recorrido, aparte de su riqueza artística y de su significado espiritual y religioso, recrea las primeras dos etapas de la peregrinación realizada por Ignacio de Loyola.
La Ruta de los Tres Templos comienza en Azpeitia, donde se sitúa el complejo monumental del Santuario de Loyola, que se compone de la Santa Casa -la casa natal de San Ignacio- y de la Basílica de Loyola, de estilo barroco, dominada por una cúpula de clara influencia romana y precedida por un amplio pórtico de estilo churrigueresco. La siguiente parada en el camino es la ermita de La Antigua de Zumarraga, de estilo románico, construida en piedra y madera, considerada la “Catedral de las Ermitas” por la inigualable belleza de su interior. Junto a La Antigua hay un Centro de Interpretación donde se da a conocer la evolución de la ermita y de la villa de Zumarraga. El trayecto finaliza en Oñati, en el Santuario de Aránzazu, una imponente edificación que se comenzó a construir en 1950. Grandes artistas de la época tomaron parte en la construcción de la misma: las puertas las forjó Eduardo Chillida, el retablo lo talló Lucio Muñoz en madera policromada, las vidrieras las fabricó Javier Álvarez de Eulate, las pinturas son de Nestor Basterretxea, y las esculturas de Jorge Oteiza. En su interior, se venera a una pequeña imagen de la Virgen, patrona de la provincia.
Aparte de la visita obligada a los Tres Templos, existen otras rutas temáticas diseñadas por los gestores turísticos, que proponen una inmersión en la figura de San Ignacio y en el modus vivendi del siglo XVI: ‘aires natales’ recorre las comarcas en las que transcurrió su niñez y juventud San Ignacio; ‘el arte de puertas adentro’ da a conocer los retablos más importantes erigidos durante este periodo de euforia constructiva; el ‘espíritu humanístico’ pone el foco en la Universidad Sancti Spiritus de Oñati, la primera universidad del País Vasco, cuyo edificio es además uno de los más importantes exponentes del Renacimiento vasco; ‘entre casas-torre y palacios’ guía a los visitantes a los edificios señoriales más destacados de la región; ‘San Francisco de Borja en la Tierra Ignaciana’ revive los lugares en los que estuvo el IV Duque de Gandía, biznieto del papa Alejandro VI; un hórreo, un caserío, una ferrería, un molino y dos museos componen el trayecto ‘modos de vida en el siglo XVI’; y ‘Vírgenes’ destaca las figuras talladas de las principales Vírgenes por las que San Ignacio de Loyola sentía tanta devoción -la Virgen de la Dolorosa, la de Olatz y la de Dorleta, entre otras-.
La mejor forma de no perder detalle de la riqueza de la Tierra Ignaciana es dejándose llevar por los numerosos guías profesionales especializados en patrimonio, historia y naturaleza, dedicados a ofrecer recorridos a medida y visitas personalizadas. Ellos se encargan además de dar a conocer las diversas propuestas programadas por los gestores turísticos, cuya labor ha sido reconocida por la Comisión Europea: en 2017 Tierra Ignaciana fue galardonada con el premio EDEN (Destinos Europeos de Excelencia) a la sostenibilidad y excelencia en la gestión de los destinos de turismo cultural.
Tierra Ignaciana

