
¿Es Alfredo Bikondoa un artista? La etiqueta (los humanos tenemos una tendencia natural a etiquetarlo todo) no le hace justicia. Bikondoa transciende los límites del artista que toma la realidad para transformarla en un activador de emociones. Bikondoa forma parte de una lista muy pequeña de elegidos que puede ver más allá de la realidad. Un hombre que puede ver donde otros no ven. Que puede sentir lo que otros no sienten. Que incluso puede amar lo que no entiende y convertirlo en arte. Eso es Bikondoa. Tan simple, tan complejo, tan abstracto como eso.
Sería un recurso fácil -incluso demasiado simple- recoger las múltiples palabras de elogio que se han escrito, dicho e oído sobre el artista y su obra. No obstante, debemos tomar en cuenta a su estimado Alfonso de la Torre, gran teórico y crítico de arte, cuando nos cuenta que: “Para Bikondoa, ‘ver’ supone distanciarse del objeto y ‘retratar’, antes que nada, obviar la piel de las cosas, planteando una tensión que frecuenta nuestro tiempo creativo. Esto es, la resultante de un diálogo ciego que ancla su raíz en el debate conocido entre identidad y alteridad” (‘Alfredo Bikondoa: Un retrato de la nada’, 2010).
Dicho en palabras menos eruditas, aunque igualmente ciertas: Bikondoa conecta con el alma de las personas, de los objetos físicos, de las vivencias, de sus propias experiencias y traslada esa alma del plano espiritual al material. No hay experiencia más grata que ser observador -sin ser observado- cuando trabaja en su estudio, en la Casa del Este, concentrado, haciendo que de sus manos brote con una facilidad que al resto de los mortales nos resulta pasmosa una obra de dimensiones colosales. La especial conexión de Bikondoa con el plano astral es, sin duda, su sello distintivo. Surca su mente el aire caliente del desierto de Mojave, que labró en él un conocimiento místico que lo llevó a convertirse en maestro zen. Un aprendizaje de dos décadas que aunque lo dejó fuera de una generación de artistas vascos le ha permitido labrarse una fama de francotirador. No se debe a nada ni a nadie. Bikondoa es Bikondoa.
Alfredo Bikondoa, nacido en San Sebastián en 1942, es más por lo que tiene por delante que por lo que deja atrás. Hay artistas que cruzadas ciertas líneas concluyen que la arena de su reloj artístico ya ha deslizado su último grano. Viven de un recuerdo que resulta más dulce que una realidad de tintes aciagos. Nada más lejos de la realidad en el caso de Bikondoa. Sus triunfos son muchos: se ha “enfrentado” nada más y nada menos que al propio Picasso en Nueva York; ha sido aclamado en la XIII edición de la Bienal de La Habana; ha hecho temblar los cimientos del futuro en ARCO-VIP19; recibió el encargo del Vatican Information Service de crear la felicitación navideña de 2005… Pero esas victorias no le tienen embelesado. Bikondoa vive para el hoy y para el mañana. Asume un rol cuasi subversivo, que parece solamente reservado a una juventud que se ha ausentado del debate social. Una vez más, ejerciendo de francotirador, encabeza un discurso artístico de denuncia que advierte que el Mediterráneo se ha convertido en un cementerio. Es una de sus últimas obras, ‘El cementerio marino’, donde entremezcla el drama humano que sucede en las aguas a las cuales cantaba Joan Manuel Serrat y la literatura del francés universal Paul Valéry.
Bikondoa va más allá aún y nos señala cuál es ‘El camino directo a la verdad’. De nuevo su obra nos expone la vergüenza de una realidad manipulada por el poder y convierte sus ‘Bikonbotas’ en embajadoras de un discurso que pone en conexión la esperanza, que forma parte de ese hombre que se muestra cáustico e indomable, creciéndose también ante el público cuando su voz y sus palabras toman el relevo de sus manos y de los materiales con los que forja caminos y verdades que son irrefutables.
Sus pasos le llevarán pronto a la Fundación Antonio Pérez de Cuenca y le esperan en diversos puntos de la geografía catalana. Él lo vive como nuevas etapas en ese camino de autorrealización y autodescubrimiento permanente que es su vida. Así es como ha escogido vivirla: no solo sin esquivar retos, sino yendo a buscarlos. Es prolífico a tal nivel y todavía tiene tanto por hacer que ahora se emplea a fondo en la creación de su propia fundación, para convertirla en una herramienta de difusión de su obra y para propiciar un diálogo internacional que le lleve aún más allá. El tiempo no existe.
Alfredo Bikondoa


